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I CHUAN TAO ARGENTINA


                                                                            

 

Otoño. Las hojas habían comenzado a caer alfombrando de sepia y marrón el verde Parque Avellaneda. Como digo en una de mis novelas, “el otoño es hermoso en Buenos Aires”. Pero yo no podía apreciar esa belleza. Era de mañana. Mi espíritu convulsionado no se correspondía con la armonía de la naturaleza. Había pasado un verano terrible. Ataques y sensaciones de pánico con la consecuente angustia me habían separado de casi todo lo que hacía, para mí, placentera la vida: la literatura, el amor, la amistad, y hasta había perdido el interés por los demás. Vivía escondida en un diminuto y triste mundo. Sólo me quedaban poquísimos amigos. Sólo existía el miedo, cubriéndolo todo, inhabilitándome para el goce de vivir. Esa mañana de domingo, el peor día de la semana en esa época, la angustia y la soledad eran mis únicas compañías. Me rodeaban hasta ahogarme. Casi sin ilusiones de conocer algo que me pudiera alegrar había ido al Parque.

           Desde lejos vislumbré  a un grupo de personas que parecían estar haciendo gimnasia. Me fui acercando. Me gustó que la composición fuera heterogénea: jóvenes y mayores, mujeres y hombres. Primero miré, luego me acerqué y pregunté si podía participar. Yo había sido bailarina de jovencita y luego siempre había hecho gimnasia. En ese momento, hacía ya unos seis meses que no hacía nada porque tenía miedo de ir al club en el que practicaba y tener que hablar con mis antiguos compañeros.

                Alguien me dijo que sí, que entrara en la clase. Empecé a moverme con cierta torpeza  pero con la inevitable habilidad que, como “la célula recuerda”, me daban mis muchos años de trabajo con el cuerpo. Mis movimientos eran pequeños como mi atormentado mundo. Un joven- que después supe era uno de los profesores- me acompañó y explicó en un trabajo en pareja que estaban realizando. Me pareció fantástico. Noté, enseguida, que no se trataba de la gente competitiva con la que yo estaba habituada a tratar en el club, allí existía una verdadera camaradería. Ese mismo día, después de la clase, un joven que me habló con dulzura y tacto me enseñó algunos ejercicios. No sabía entonces quién era. Con el tiempo lo consideré “mi maestro”. Era noble, sensible y poseía la autoridad que emana de quien verdaderamente conoce su     métier. Comprendí, a medida que lo fui conociendo más, el secreto de armonía: en él se combinaban la perfección de los movimientos con la belleza de su espíritu. Muchas veces me vio llegar con lágrimas en los ojos, casi sin voluntad, y transida por mi intenso sufrimiento y siempre tuvo la palabra precisa para sacarme de ese estado y lograr que rindiera cada día un poquito más. Tuve que aprender  a olvidar los malos hábitos que la gimnasia occidental había inculcado en mí y a suplantar la ansiedad  del éxito inmediato por la paciencia y la satisfacción del logro diario.

            Al principio mis movimientos habían sido tales como mi mundo: pequeños, temerosos, indecisos. Poco a poco fui ganando en amplitud y confianza. Me desplazaba mejor, me ampliaba. Dejé de ser una persona impenetrable, dejé que me conocieran y empecé a confiar. Un día me animé y tímidamente me quedé a tomar mate después de la clase. Me encantaban esas reuniones pero me sentía excluida, como si los códigos de los otros no fueran entendibles para mí. Era parte de mi enfermedad, o, mejor dicho, era mi enfermedad. Pero la cordialidad de mis compañeros logró que pudiera participar primero de las risas, cuando se hacían algunos chistes, y luego, de la conversación. Por fin, abiertamente, me sentí una más del grupo.

            A medida que el tiempo transcurría mi cuerpo iba mejorando y mi mente también. Me movía con soltura, me reía con naturalidad y empecé a olvidar las lágrimas. El I Chuan Tao me enseñó a estar en un camino donde el continuo aprendizaje es lo más interesante. Aprendí a ver siempre la expresión comprensiva de mis compañeros y a valorar en mi maestro el empuje por el progreso interior, fijándose metas y persistiendo en ellas.

             

            Es otoño otra vez. Las hojas color sepia cubren los caminos y otros árboles se mantienen perennemente verdes. Ha pasado ya un año desde que me acerqué temblando a ese grupo de desconocidos, a quienes entonces no sabía saludar con el saludo ritual, que me permitieron entrar en una clase de movimientos extraños para mí. Pero no era sólo eso. A veces el césped y los árboles están cubiertos de rocío o de sol en las mañanas de los domingos, y  yo soy, otra vez, capaz de apreciar y de gozar con todo ello, el frío, o el calor, o la lluvia. No tengo ya miedo. Es mucho mejor respirar hondo y sentir el enorme placer de estar vivo. 

            Carmen Ortiz

Mayo 2002

(Practicante de I Chuan Tao)