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I CHUAN TAO ARGENTINA


                                                                                

LOS OCHO INMORTALES

En el siglo XIII, durante la dinastía Yuan, apareció en el folklore popular un grupo de ocho deidades taoístas al que se conoció como "Los ocho inmortales".

Estos pertenecían en parte a la realidad, pues algunos eran figuras históricas, y en parte al mundo de la imaginación. Por lo menos uno de ellos, Lu Dongbin, había aparecido ya en los antiguos cuentos taoístas. Ahora se los presentaba en grupo, tal vez porque el número ocho figura entre los favoritos de los chinos, y sus diferentes personalidades representaban distintos tipos humanos, el joven y en anciano, el rico y el pobre, el noble y el mendigo, hombres y mujeres. Con frecuencia aparecen en las pinturas chinas, ya en grupo, ya separadamente, y adquieren la forma de estatuillas de porcelana pintadas o laqueadas y utilizadas para la decoración de toda suerte de utensilios. Cada uno de estos inmortales tiene su propio emblema por medio del cual se le puede identificar. Son seres amables y excéntricos.

El primero de los ocho inmortales es Li Tieguai, y es también uno de los más famosos del grupo. Su nombre significa Muleta de Hierro, y su emblema era una muleta y una calabaza llena de medicinas milagrosas. Li era un perfecto taoísta cuyo espíritu podía abandonar el cuerpo y vagar por todo el universo. Una vez, antes de emprender uno de estos viajes, Li dio instrucciones a uno de sus discípulos para que le guardara el cuerpo durante al menos siete días. Si para entonces no había regresado debía quemar el cuerpo. LLegado el sexto día, llamaron al guardián a la cabecera de su madre que agonizaba. Él, que había cuidado del cuerpo del maestro con mucha atención, se encontró en la duda: o bien lo quemaba antes de partir, o lo dejaba sin más. Optó por la primera solución, ya que el cuerpo parecía completamente muerto, y corrió a la vera de su madre.

Al séptimo día, Li regresó y al encontrar su cuerpo reducido a cenizas su desconsolado espíritu se vio obligado a seguir errante sin tener donde descansar.

Sucedió entonces que un mendigo cojo murió cerca de los bosques aquel mismo día, y aún a pesar suyo, Li no tuvo más remedio que entrar en aquel cuepo. Los Dioses le dieron una muleta para sostenerse y una cinta de oro para el pelo. Entonces Li fue a buscar al discípulo que había quemado su cuerpo y en lugar de reñirle devolvió a la vida a su madre con una medicina de las que llevaba en su calabaza.

Li pasó el resto de su vida vagando de un lado a otro convirtiendo a la gente al taoísmo. Por las noches colgaba su calabaza y encogiéndose entraba en su interior y la utilizaba como refugio. Una vez encontró a un hombre que pensó sería un buen taoísta. Como prueba invitó al hombre a seguirle al interior de un horno encendido, pero aquel no tenía suficiente fe como para hacerlo. Entonces Li echó una hoja a un estanque y le pidió que se subiera en ella, pero el hombre aún tenía demasiado miedo y se negó. Li suspirando, se subió a la hoja y desapareció.